Brillaba grandemente la ausencia de la alegría en sus ojos, que hace años perdieron el color verde vívido, por un gris tan opaco,
que era difícil tener contacto con ellos.
Se acompañaba por las noches de su soledad, en ocasiones amarga y otras tierna,
que resolvía perderse con ella.
Sedaba sus ansías con su llanto, con pastillas y cigarrillos. Ausente la mayor parte del tiempo del mundo a su alrededor.
Ya no había más confianza en la vida,
ya había sentido un romance enfermo,
por su final y ya nada parecía alegrarla,
solo estaba ella triste y olvidada.
¿Que podría esperar para su final?
Quizá una muerte dolorosa, una bala en la sien.
Quizá una muerte lenta, desangrando,
en suelo de su habitación.
Nada para ella la vida, nada para ella.
Sincera, lejana y sin decir adiós, ni a los más próximos,
decidió partir del mundo y amar a la muerte,
de la manera como aman los amantes,
de esa manera apasionada y auto destructiva.
Tal sentimiento que envidiarían los poetas y amantes ya difuntos, caía ella en su amor, en su deseo como nadie más antes, a su dulce y tan deseada muerte.
Autor: Anthony Macabre

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